¿Y si nunca fui yo quien quiso casarse?
Ayer les prometí que hoy salía la nueva entrada del blog después de la carta que les escribí. Así que aquí estoy, cumpliendo mi promesa.
Como les dije, mi misión en este espacio es que, desde mi experiencia y mis letras con amor, entendamos cómo consumir de manera consciente, sanemos, aprendamos o liberemos aquello que, a veces, pesa más de lo que imaginamos. Como pasó con ese blog donde hablamos de permitirnos ser "malas mamás".
Hoy quiero hablarles de mi frustrante vida amorosa. Sí, frustrante.
Porque lleva un par de meses dándome vueltas en la cabeza y haciéndome pensar que, de verdad, soy un bichito raro.
Entre todas las vueltas que le he dado, recordé algo. Yo no idealicé el amor con las princesas de Disney.
Fue peor. Las novelas mexicanas.
Mi abuelita materna no se perdía una sola. Y TODAS tenían el mismo ingrediente: un amor inmenso, sacrificado e imposible.
Fernando Alberto amaba a María del Carmen. Pero Cristina le inventaba un chisme a María. María odiaba a Fernando. Fernando sufría. María también. Treinta y seis capítulos después seguían profundamente enamorados, pero el universo parecía empeñado en no dejarlos estar juntos... hasta que, finalmente, se casaban.
Y yo, siendo una niña, llegué a una conclusión que parecía brillante: "Ni de riesgos me voy a quedar callada para que el amor de mi vida no sepa que lo quiero."
Así crecí, siendo ultra directa. Si alguien me gusta, lo digo. Si extraño a alguien, lo digo. Si quiero construir algo, lo digo.
El problema es que, luego de ocho años, volví al mercado amoroso y descubrí que, aparentemente, ahora ser claro "espanta al man".
Hace unos meses les conté en este mismo blog que una de las cosas que quería en mi vida era casarme, y desde el momento en que lo dije en voz alta, la vida decidió dedicar varios capítulos a cuestionarme esa idea.
No porque haya dejado de quererlo. Sino porque empecé a preguntarme por qué lo quería tanto. Lo hablamos en terapia, lo escribí en mis notas privadas y hoy lo escribo aquí.
Todo empezó con una costumbre bastante extraña. Mirar las manos de las personas, especialmente las manos de las mujeres, y no precisamente para ver el esmalte. Buscaba argollas.
Un día le dije a mi terapeuta: "Quiero entender por qué me quiero casar... para dejar de querer casarme".
Como buen psicólogo, en lugar de responderme, me devolvió otra pregunta. Y como buena terca que soy pensé: "Ni de riesgos. Si entender esto significa descubrir que sí quiero casarme, prefiero arrancarme el deseo de raíz".
Así que hice lo único que sé hacer cuando algo me obsesiona. Investigar.
Leyendo descubrí que la pregunta nunca fue por qué quiero casarme.
La verdadera pregunta era: ¿Quién me enseñó que casarme era tan importante si el matrimonio nunca empezó por amor?
La historia del matrimonio no comenzó con corazones. Comenzó con cultivos.
Durante cientos de años, la humanidad vivió como cazadora y recolectora. Éramos grupos pequeños y nómadas. Como las personas no acumulaban grandes riquezas, tampoco existía una gran preocupación por las herencias. Lo importante era compartir los recursos y sobrevivir.
Pero hace unos diez mil años ocurrió una de las transformaciones más importantes de nuestra historia. Aprendimos a cultivar la tierra y, con la agricultura, aparecieron cosas completamente nuevas: las tierras, los animales, las cosechas, la riqueza, la propiedad.
Y cuando existe propiedad, aparece una pregunta que cambia el rumbo de las relaciones humanas: ¿Quién heredará todo esto cuando yo muera? ¿Quién mantendrá este patrimonio vivo?
Y como era tan importante hacer equipo para mantener viva una fortuna, el matrimonio dejó de ser únicamente una relación entre dos personas y se convirtió en una institución económica. En muchas culturas, las familias empezaron a organizar matrimonios para proteger tierras, unir patrimonios, crear alianzas políticas o asegurar la continuidad del apellido.
Ahí, entonces, pensé: claro, ha de ser mi instinto el que está buscando un compañero que me ayude a construir patrimonio. Necesito un hombre visionario y que se le mida a los 80 emprendimientos diarios que me pasan por la cabeza.
Pero entonces, entre mi lectura, llegué al Renacimiento y a la Ilustración. Recordándome que tal vez las personas también debían casarse porque querían hacerlo.
Era la época en la que la literatura empezó a llenarse de historias donde los protagonistas desafiaban a sus familias por amor; luego, esa época en la que las mujeres empezaron a trabajar, a votar, a administrar su propio dinero, a divorciarse y, sobre todo, a decidir sobre aquello que no las hacía sentir completas.
Y como la cultura hace magia y se transforma, empieza a cambiar asimismo la visión sobre el amor. Incluso ahuyentándole a los hombres el deseo de poner un anillo.
Definitivamente, yo estaba cargando no solo con las novelas mexicanas, sino con 31 años consumiendo una idea completa sobre el amor y con la cultura evolucionando junto a la forma de relacionarnos.
Y entonces entendí que mi deseo de casarme probablemente no nació únicamente dentro de mí, sino que también fue moldeado por todo lo que he consumido en mi vida.
Antes las personas necesitaban casarse para sobrevivir. Hoy, al menos en muchos lugares del mundo, y en lo personal, la mayoría de las personas buscamos una pareja para compartir la vida, no para garantizar su sustento.
Y eso hace que nuestras expectativas sean completamente distintas. Ya no buscamos solamente un esposo o una esposa. Queremos un mejor amigo, un compañero de viaje, un apoyo emocional, alguien con quien construir proyectos. Con quien admirarnos mutuamente y sentir paz.
Nunca en la historia habíamos esperado tantas cosas de una sola persona. Y quizás por eso nunca había sido tan difícil encontrarla.
Nos dijeron: "Ve a correr, ahí puedes conocer gente". Pero, amigos, yo no puedo hablar y correr al tiempo. Además, cada persona va en su mundo. Nadie se detiene a decir: "Hola, me pareciste interesante, aquí está mi número".
Nos dijeron: "Ve todos los días al mismo café". Pero esto es Bogotá. Coincidir con alguien exactamente a la misma hora, siete días a la semana, parece más una misión imposible que una estrategia amorosa.
Nos dijeron: "Que tus amigas te presenten personas". Pero mis amigas no es que tengan un catálogo de hombres disponibles.
Y luego llegaron las redes sociales. Ese mundo donde ya no sabemos si interpretar un like como aquel papelito que alguien pasaba en el colegio diciendo: "Te espero en el parque a las 3:00 p. m."
Antes era más fácil. El teléfono sonaba en la casa y respondía tu mamá:
—Hola, ¿quién habla?
—Soy el amigo de Natalia.
—¿Cuál amigo?
Un filtro natural que hoy parece de ciencia ficción.
¿En qué momento perdimos la valentía de arriesgarnos? De conocer a alguien porque trabajaba en la misma oficina, porque estudiaba en la misma clase o porque vivía en la misma calle.
Ahora pagamos para ir a cenas con desconocidos (no lo he hecho, pero parece la única opción). Creamos eventos de networking, o mejor dicho, "netpeople", para treintañeros intentando conocerse.
Las redes nacieron para simplificar la vida y eliminar fronteras. Pero nosotros convertimos esa facilidad en una de las barreras más grandes para conectar.
Porque quizás el problema no es que hoy tengamos menos posibilidades de amar. Quizás el problema es que tenemos tantas opciones, tantos filtros y tantas expectativas que, a veces, olvidamos que detrás de cada perfil hay una persona, no un producto que estamos comparando.
Y tal vez ese sea el verdadero reto del amor moderno: aprender a elegir conscientemente. No desde las historias que consumimos. No desde las expectativas que heredamos. Sino desde aquello que realmente queremos construir.
No escribí este artículo para convencerme de que no quiero casarme. Tampoco para convencerlos de que el matrimonio está sobrevalorado. Lo escribí porque entendí algo mucho más importante.
Hoy sigo sin saber si algún día me casaré y por qué quisiera que pase. Lo que sí sé es que, si llega un momento en el que me pida tomar esa decisión, quiero que sea porque nace de mí.
No porque durante treinta años alguien me vendió una idea tan bonita... que nunca me detuve a preguntarme si realmente era mía.
O porque ese amor se parece al de Fernando Alberto y María del Carmen. (Ese amor rosaguadalupano ya lo tuve que vivir y mejor sáltensela esa etapa, no la recomiendo, pecas).
Pero en cambio, mi finalidad si es darle ese empujomcito de valentía si se la ha pasado likeando un perfil, ir a una cita no es casarse, pero depronto y encuentre una cajita de pandora que le haga feliz, por un tiempo o por toda una vida.
Gracias por leer 💙 Nos vemos en un próximo blog.

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