Mi ex culito me dijo tibia

Mi ex culito, el mismo que me dejó entusada hace dos meses, me dijo tibia.

Me lo dijo porque le propuse una relación a distancia. Como si comportarnos como una relación sin ponerle nombre ya no fuera suficientemente tibio, pero ajá. Anque en ese momento discutí la acusación, hoy tengo que admitir que en algo tenía razón.

Muchos de mis amigos me dicen en la cara: Usted es uribista.

Otros me dicen: Usted tiene cara de votar por Cepeda.

Y mi ex culito, que probablemente es una de las personas que más ha conocido la profundidad de cómo pienso, después de mi psicólogo, me dijo tibia.

No soy tibia. Soy estratega, y les voy a explicar por qué.

Hoy tengo las redes sociales bombardeadas de política. 45% Cepeda. 45% Abelardo. Y el otro 10% tratando de que el reel de la mascota repunte. Y yo me siento en el sanduche más incómodo que he tenido en mucho tiempo.

Porque mientras todos parecen tener clarísimo de qué lado están, yo sigo haciéndome preguntas.

En mi defensa, de nuevo, no soy tibia, soy estratega. ¿Por qué?

He visto al que hace unos meses publicaba todo sobre Paloma y ahora publica todo sobre Cepeda. He visto a quienes siempre han sido de izquierda y se mantienen fieles a ella. He visto a quienes siempre han sido de derecha y también se mantienen firmes en sus convicciones. Y bien por ellos, de verdad admiro la fidelidad a las causas.

Pero también vi a dos amigas que hace diez años se sentaban conmigo a tomar aguardiente en las fiestas equinas de mi pueblo, que por cierto están ocurriendo justo ahora. Y hoy se pelean por Instagram porque van a votar distinto. Mor, ¿y el brindis con el aguardiente en la mano prometiendo amistad eterna para dónde se fue?

Pero entre todo el contenido que veo compartido y republicado, no he encontrado casi nada que me explique cuáles son las apuestas de país de cada candidato. 

Lo que sí veo son ataques: "Este es un guerrillero." "Aquel quiere hacer fracking." "El otro morboseó a una periodista." "Aquel se cree Milei." Todo eso lo he leído en redes y, honestamente, sé muy poco más.

Entonces mi supuesta tibieza se convierte en una ventaja estratégica. Porque trabajo en marketing y publicidad digital desde hace más de siete años y sé perfectamente cómo funciona el ecosistema digital.

No es casualidad que me obsesione entender al consumidor, ni que el martes pasado, frente a directivos y profesores de la Facultad de Estudios Estratégicos de la universidad, me atreviera a decir una postura que sigo defendiendo: Los publicistas pa que suene lindo, participamos en la construcción de hábitos, percepciones y decisiones de consumo. Ahora como lo quiero decir: Diseñamos al consumidor.

No hablo solamente de marcas, hablo de cultura, de comportamiento, de cómo interpretamos el mundo.

Desde que te levantas estás rodeado de decisiones influenciadas por mensajes, símbolos, historias y narrativas de las marcas. Las chanclas que usas para bajarte de la cama, la pasta dental que eliges, el restaurante donde almuerzas, la aplicación que descargas, la noticia que compartes, y sí, incluso el voto que depositas.

Porque detrás de cada campaña hay alguien estudiando comportamientos humanos, alguien entendiendo motivaciones, alguien intentando conectar con lo que piensas, sientes, temes o deseas.

Por eso decidí dedicar mi tiempo extra en una tesis sobre consumo, ética, moral y cultura, que terminará en un libro.

Porque después de años observando personas, marcas y mercados, empecé a hacerme muchas preguntas, entre esas: Si la forma en que consumimos refleja la forma en que pensamos, también la forma en que consumimos influye en la forma en que votamos.

Y cuando entiendes cómo funcionan los algoritmos, la pauta digital y la construcción de narrativas, empiezas a desconfiar un poco más de los discursos que buscan que tomes partido antes de hacer preguntas.

Después de entregar mi tesis, le dije a mi psicólogo que me daba miedo que la gente me leyera. Tenía miedo del hate. Y como siempre, encontró una forma elegante de devolverme a la realidad.

"Nati, nadie está de acuerdo con todos en todo."

Por eso hoy me atrevo a revelar algo. No mi voto, mis convicciones.

Creo en la educación como la herramienta más poderosa de movilidad social, creo en la empresa privada, no porque sea perfecta, sino porque llevo más de diez años sentándome con empresarios, emprendedores, gerentes y fundadores, escuchando sus historias, entendiendo modelos de negocio, viendo cómo una idea se convierte en empleo para cientos de personas, viendo cómo muchas empresas financian programas sociales, eventos educativos, actividades culturales y economías locales enteras.

Creo en la seguridad, porque me agota tener miedo, porque me da rabia sentir inseguridad, porque quiero caminar tranquila.

Pero también creo que la inseguridad no se resuelve únicamente con castigos. Creo que hay que entender las raíces de la desigualdad que terminan impactando educación, salud, vivienda y oportunidades.

Creo profundamente en el cuidado del medio ambiente, me obsesiona reducir residuos, detesto el plástico innecesario, soy fanática del compostaje y sigo convencida de que podría ser el futuro de la recolección de residuos.

Creo en los derechos de la comunidad LGBTIQ+ y admiro profundamente una lucha que durante años ha tenido que enfrentar prejuicios, exclusión e injusticias.

Creo en la innovación, creo en la tecnología, creo en el crecimiento económico, creo en las oportunidades y creo que un país necesita estrategia para construir futuro.

Entonces me fui a buscar respuestas. Quería encontrar al candidato que representara todo eso.

La economía, la educación, el medio ambiente, la seguridad, los derechos, la innovación, la lucha contra la corrupción, la construcción de oportunidades. Y me encontré con ninguno. Cuando haces estrategia, aprendes que muchos sitemas no pueden vivir sin otros, se necesitan entre si.

Por eso hoy mis convicciones no caben perfectamente en ninguna campaña, y ahí entendí que no estoy confundida. No me faltan convicciones, al contrario, tengo demasiadas. Y quizás por eso no logro entregárselas todas a un solo candidato.

Hoy pareciera que estamos obligados a elegir bando, como si el mundo se hubiera reducido a dos casillas o disentir fuera traicionar. Como si cuestionar fuera un defecto y pensar fuera sospechoso. Y no.

A veces simplemente ninguna opción te representa completamente, y eso también es válido.

Mi ex culito me dijo tibia por una historia de amor. Porque no le gustó mi estrategia de campaña aunque yo estaba convencida que mis propuestas tenían impacto.

Aunque estaba dispuesta a moverme ciudades y tal vez reorganizar mi vida. Él terminó votando por otro camino y a mí no me dejó más que una tusa que terminé soltando por este Blog. Pero también me dejó la mejor enseñanza de todas.

Porque definitivamente tenía razón. Soy tibia. Pero no porque me falten convicciones, sino porque me niego a abandonar unas convicciones para defender otras. Como buena estratega. 

Y eso, para una estratega, no es una debilidad. Es coherencia.

Gracias por leer 💙



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