Siempre ha sido lógica: ❤️🧡💛💚💙💜🤍

Fotografía tomada de internet

Quise que este blog saliera hoy, siendo el último día del mes, porque en este espacio siempre intento hacer algo muy simple: pensar en voz alta. Y hoy quiero honrar a la comunidad LGBTIQ+ y, sobre todo, rechazar el rechazo.

A veces parto de mis experiencias, otras de historias que escucho, y muchas veces de preguntas que todavía no tienen una respuesta definitiva para mí. Mientras escribo mi libro, me he encontrado con que la cultura moldea muchísimo más de lo que imaginamos. Moldea nuestras creencias, nuestros miedos, nuestra manera de amar, de consumir y hasta la forma en que entendemos a los demás.

Por eso escribo.

Porque quizá alguna de estas historias también te haga cuestionar algo. Porque, tal vez, si alguna vez te has sentido diferente, encuentres aquí un lugar donde pensar sin ser juzgado. Y porque, en el fondo, creo que escribir también es una manera de decirle a alguien: "No estás solo".

Corrían los años 2000. En esa época, al menos en el lugar donde crecí, la palabra "gay" casi no se pronunciaba. Era una de esas palabras que parecían existir solo en los susurros de los adultos.

Recuerdo que un día le pregunté a mi mamá qué significaba. Ella me respondió con la mejor explicación que conocía en ese momento: Algunas personas son diferentes por su genética y eso hace que sientan el amor de otra manera.

Hoy sé que la realidad es mucho más compleja que esa explicación. La ciencia sigue investigando cómo interactúan la biología, el desarrollo y muchos otros factores. Pero esa respuesta de mi mamá tuvo algo muy importante para mí: nunca estuvo cargada de rechazo, sino de lógica.

Siempre me he sentido distinta en mi forma de comprender el mundo. Mientras mis amigos entendían chistes, dobles sentidos o expresiones que parecían obvias para todos, yo necesitaba que las cosas tuvieran lógica. Hoy, a mis 31 años, entiendo que soy una persona extremadamente literal.

Cuando alguien me dijo por primera vez que un compañero era "diferente", yo no entendía. Lo miraba y veía exactamente lo mismo que veía en cualquier otro niño: dos manos, dos pies, una cabeza, una sonrisa. Me sentía muy confundida. ¿Dónde está la diferencia?

En ese momento creía que yo era lenta para entender las cosas. Hoy entiendo que era simple lógica.

Con el paso de los años tuve muchos amigos gays. Jamás sentí que hubiera algo extraño cuando me hablaban de la persona que amaban. Para mí eran exactamente las mismas conversaciones que tenía con cualquier amiga que estaba enamorada.

Había ilusión, miedo, corazones rotos, mariposas en el estómago.

Había amor.

Y el amor, cuando es genuino, suele parecerse muchísimo sin importar quiénes sean las personas que lo viven.

Después llegó la universidad y, con ella, llegó el mundo.

Era una niña que había pasado dieciocho años en un pueblo de ocho calles y ocho carreras, donde pensar diferente ya era "raro". Entonces aterricé en una ciudad enorme. Conocí personas de diferentes regiones, culturas, colores de piel, religiones, formas de pensar, orientaciones sexuales e identidades.

El mundo se me hizo enorme de repente. Yo había vivido en una versión muy pequeña de él, y eso cambió muchas de mis certezas y mi forma de relacionarme con el planeta y con las personas.

A veces parezco dura o aburrida. Para mí es simple lógica, de nuevo. Porque muchas veces hablamos de inclusión como si fuera una idea moderna, pero, en realidad, empieza mucho antes.

Empieza cuando entendemos que ninguna persona pierde dignidad por ser diferente.

Hay algo que me ha funcionado durante años: quitarle el poder a aquello que genera rechazo o indiferencia. Y lo hago de una manera muy simple: aceptándolo cuando es verdad.

Jamás sufrí bullying en el colegio y, pensándolo hoy, creo que mi literalidad extrema tuvo mucho que ver con eso.

Tengo gafas desde que era muy pequeña. Eran unos verdaderos "culos de botella". Cuando alguien me decía "gafufa", yo simplemente respondía: "Sí, obvio". ¡Es que lo era! Tenía unos lentes gigantes y gruesísimos.

De hecho, me daba muchísima risa cuando ponían una botella al lado de mis gafas porque, literalmente, se parecían un montón. ¿Cómo iba a ofenderme algo que, objetivamente, era cierto?

Exactamente lo mismo me pasaba cuando alguien decía: "Se enamoró de alguien de su mismo sexo".

Mi reacción siempre era: "¡Sí! Qué lindo que encontró de quién enamorarse. Yo también quisiera encontrar de quién enamorarme."

Y entonces empecé a preguntarme algo que sigo preguntándome hoy.

¿Cuántas cosas son realmente extrañas y cuántas simplemente nos enseñaron a ver como extrañas?

Porque una cosa es lo desconocido y otra muy distinta es el rechazo.

Yo nunca entendí por qué alguien podía molestarse porque otra persona amara diferente. Para mi cabeza eso era tan absurdo como molestarse porque alguien prefiriera el helado de vainilla en lugar del de chocolate. No afectaba mi vida. No cambiaba quién era yo. No me quitaba absolutamente nada.

Cuando tenía 15 años me enamoré, creo que por tercera vez. Fui muy noviera durante mi adolescencia.

Con el tiempo, ese novio encontró el amor en otra persona. Yo vivía a kilómetros de distancia, aún no terminaba el colegio y él comenzaba una vida nueva en la universidad. Conoció nuevas personas y, entre ellas, a alguien que pudo darle un amor que el mío jamás habría podido darle.

Nunca lo vi como "me cambió por un hombre". Siempre lo vi como alguien que encontró a la persona que lo hacía feliz.

Lo respeto, admiro la relación que ha construido y también lo admiro a él.

Porque con los años entendí que muchas de nuestras opiniones ni siquiera nacen de nosotros. Las heredamos. Las repetimos. Las aprendemos viendo a otros. Y solo cuando conocemos personas reales, con historias reales, empezamos a preguntarnos si aquello que nos enseñaron era realmente cierto.

Fue escribiendo mi libro cuando esa forma de ver el mundo me llevó a otra pregunta.

Si el amor entre personas del mismo sexo ha existido desde hace miles de años, ¿en qué momento empezó a producir rechazo?

Y descubrí algo que me dejó pensando durante semanas: no existe un único momento. La historia está llena de culturas que lo vivieron de maneras muy distintas. Algunas lo aceptaban con relativa naturalidad; otras comenzaron a condenarlo desde la religión, las leyes o incluso desde la medicina, que durante mucho tiempo intentó clasificar la homosexualidad como si fuera una enfermedad.

Entonces entendí que el rechazo también tiene historia. Y eso cambió mi forma de ver muchas cosas. Porque si una idea pudo construirse culturalmente, también puede cuestionarse. Y porque ese rechazo ha tenido consecuencias muy reales en la vida de personas muy reales: familias rotas, identidades silenciadas, vidas vividas a medias por miedo a lo que otros dirían.

Quizá una de las mayores responsabilidades que tenemos como seres humanos es preguntarnos cuáles de nuestras convicciones nacieron de una reflexión propia y cuáles simplemente heredamos sin entender de dónde venían.

Esa es la pregunta que hoy quiero dejarte.

Creo que ahí empieza la inclusión.

Cuando dejamos de creer que una diferencia disminuye el valor de una persona. Ninguna característica debería convertirse en un motivo para hacer sentir a alguien inferior. Ni el color de su piel, ni su orientación sexual, ni su cuerpo, ni aquello que lo hace distinto.

Cuando entendemos que una diferencia no le quita dignidad a nadie, el rechazo empieza a perder fuerza.

Esa es, al menos, mi lógica. No cuando aprendemos todas las siglas o cuando hacemos una campaña en junio. No cuando publicamos una bandera de colores en redes sociales.

Empieza cuando dejamos de reducir a una persona a una sola característica. Porque mi amigo nunca fue "el gay". Era el que llegaba tarde. El que se enamoraba demasiado rápido. El que cocinaba delicioso. El que me escuchó llorar cuando me rompieron el corazón. El que me hizo reír en momentos difíciles.

Su orientación sexual era apenas una parte de él, no toda su identidad. Y pienso que ese error lo cometemos con todos.

Con el religioso, con el ateo, con el migrante, con la feminista, con el empresario, con quien piensa distinto a nosotros.

Nos cuesta mucho ver personas completas, preferimos etiquetarlas. Y justamente desde ahí parte mi libro. Tal vez porque etiquetar es mucho más fácil que conocer.

Por eso sigo creyendo que mi mamá, sin saberlo, me regaló algo muy valioso aquel día. No fue una explicación científica. Fue una explicación sin miedo que hizo toda la diferencia.

Porque uno puede crecer creyendo que las diferencias son una amenaza, o puede crecer creyendo que simplemente son parte de la experiencia humana.

Yo tuve la fortuna de crecer con la segunda idea. Y ojalá este texto le sirva a alguien para mirar primero a la persona, y después a la etiqueta que otros le pusieron.

Y si eres parte de la comunidad LGBTIQ+ y estás leyendo esto: este texto también es para ti. No como explicación, no como análisis, sino como lo que siempre debió ser. Un reconocimiento de que tu amor es exactamente tan válido, tan real y tan digno como cualquier otro. Una declaración de mi admiración y respeto.

Al final, todos estamos intentando exactamente lo mismo.

Encontrar un lugar donde amar y ser amados.

Porque, si existe una fuerza capaz de mover al mundo, creo que siempre ha sido la misma.

El amor.

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