Acabo de llegar de una piñata, y por supuesto, aquí estoy dejando mi blog de cada domingo. Ayer les dije que les hablaría de ese plan bohemio que nunca le había contado a nadie, ese que era tan mío que hacía parte de un submundo propio. Pero cambié de opinión. Les voy a hablar de la piñata.
Una piñata que parecía normal, terminó llenándome el corazón con una sensación enorme que aún no sé descifrar. Pero lo que sí puedo decir, con toda certeza, es: gracias.
Voy a arrancar por los niños y su mundo. Un mundo que aún no entienden del todo, pero que está lleno de asombro y amor. Hoy me siento eternamente agradecida por el círculo que mi hijo está construyendo, y por el que me permitió construir a mí a través de él.
Sus amigos son seres humanos increíbles. Cada vez que se encuentran, se abrazan emocionados. Tienen sus propias dinámicas, su propia independencia, tanta que hoy había una mesa para niños y una para papás. No porque la piñata lo hubiera organizado así, sino porque ellos, los chiquis, decidieron sentarse solos para comer sus postres, palomitas y perro caliente.
Son niños de apenas cuatro años, con una comunicación casi perfecta. No pelean por cosas enormes. Se ponen tristes porque uno no saludó, y el que no saludó estaba triste porque su mamá lo había regañado. Se cuidan, juegan, descubren el mundo, y sienten que se ganaron el cielo porque en la piñata les salió un pito y un reloj.
Mientras tanto, nosotros, los adultos, del otro lado de la mesa hablábamos de sus "preadolescencias", como les decimos, porque ellos ya voltean los ojos cuando no están de acuerdo, imponen sus propias decisiones, cuestionan las nuestras y expresan lo que no les gusta con una particularidad casi perfecta, su perfección es no darse cuenta de que existen reglas.
Hoy pienso que nacemos sabios y nos volvemos testarudos con los años.
Los niños no tienen filtro porque no tienen sesgos. No conocen prejuicios. No les importan colores, ni preferencias políticas, porque ni saben qué es eso. Expresan sus sentimientos sin miedo. No les importa de qué lado de la ciudad vives, si tienes carro y casa, si trabajas en X o en Y. Del otro lado estamos nosotros, los adultos, con mil historias en la cabeza que nos contamos solos sin darnos cuenta.
Hoy agradezco de nuevo el círculo de amigos que tiene mi hijo, y con él, el que me permitió crear a mí. Una mesa en la que puedo sentarme a contar los retos con mi hijo y nadie me juzga, porque todos tienen los mismos. Un lugar donde nos abrazamos desde el cariño y no desde el compromiso. Un lugar donde me siento tranquila siendo yo, sin reglas ni etiquetas.
Y me voy a atrever a decir que eso funciona así, porque nuestros hijos sin filtros nos quitan los nuestros. Incluso cuando mi hijo agarra del pelo en media cancha al cumpleañero, y el cumpleañero le pellizca los cachetes. Todos entendemos, nadie se enoja, lo resolvemos con amor, un abrazo y una disculpa. Exactamente como lo hacen los niños.
Así como nuestros hijos se cuidan entre ellos, nosotros nos cuidamos entre nosotros. Y esa es la dinámica de mi chat de papás.
Pero la piñata de hoy tenía algo más. La mamá nueva del colegio.
En ella, en sus ojos, en su emoción, sentí muchas cosas que aún no sé descifrar del todo. Resulta que era la primera piñata de su hijo con amigos de su edad. Entonces el esfuerzo fue el de una primera piñata. Nosotros llegamos con un regalo en una bolsa, y salimos con las carteras llenas de regalos, una tula con más regalos, una pelota, una tarjeta de Play Time con dos horas de juego, y hasta mascarilla para el pelo.
Una mamá que se esfuerza en hacer de una piñata un espacio no solo para niños, sino también para papás. ¿Cuánto esfuerzo hacemos por ser aceptados en la tribu? Ella llegó a una gran tribu, una que no necesitaba mascarillas para el pelo. Solo necesitaba entender que su hijo ya era parte de la vida de los nuestros.
Hace mucho tiempo, Emilio fue invitado a una piñata por puro compromiso. Yo lo sabía, y actué muy adulta: el regalo que llevé tenía que estar por encima de los estándares esperados. ¿Pueden creer eso? ¿Pueden creer que yo hice eso? Llegué, me senté en el rincón de la sala y dejé que mi hijo se divirtiera con la naturalidad de un niño, sin prejuicio.
Cuando la piñata terminó, tomé a Emilio de la mano, me despedí normal y salí. Entonces escuché un grito antes de cruzar la puerta, la mamá había visto el regalo, y ese día quiso hacerme parte de su círculo. Dejé de ser un compromiso. Y yo, al notar su reacción, salí orgullosa de mi cometido.
Qué pena la Natalia de ese día. Ni siquiera quería ser parte de su círculo, hoy ella no es parte de mi círculo (otra vez fui una adulta). Eso no lo hubiera hecho un niño.
Hoy, mirando a esa mamá nueva con toda su ilusión y nuestras carteras llenas de regalos, me vi a mí misma en ese momento pasado, pero al revés. Y entendí algo que los niños saben desde siempre, no hace falta esforzarse tanto para ser aceptada. Solo hace falta llegar, sonreír, y dejar que los niños hagan lo que mejor saben hacer. Quererse sin condiciones.
Ellos nos enseñan más de lo que creemos. Solo hay que saber mirarlos. Y si hay algo que hoy me goce más de ser mamá y que agradezco a diario, es justamente aprender a vivir otra vez, en un mundo visto por los ojos de un niño de 4 años.
Gracias por leer 💙 sigue siendo un niño, porfis.

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