¿Cuerpo o vitrina?

Me tardé mucho para publicar este blog.

Me asusta que sea un poco polémico, pero me asusta más no darle voz.

Después de cerrar Identify y separarme, quedé muy golpeada económicamente. Esa es, probablemente, mi batalla más íntima: cómo todavía hoy sigo pagando las deudas de dos proyectos de vida frustrados, sobre los que yo nunca tuve el 100 % del control.

En una de esas noches de llanto desbordado y estrés porque las deudas no bajaban a la velocidad que yo quería, empecé a buscar estrategias para liberarme más rápido de ese monstruo que no me dejaba avanzar hacia los proyectos que quería construir.

Soy planificadora. Muy Capricornio de mi parte. Tengo un Excel con mis finanzas desde 2013.

Volteé los números de un lado para otro. Gasto hormiga, inversión, proyectos adicionales, ingresos extra, también soy soñadora. ¿Y si me gano un chance?

Puse todos los panoramas sobre la mesa y el más sensato, pero CERO rápido, era trabajar más. Así fue como empecé a trabajar 16 horas diarias durante casi un año.

Y al final del día, esas siete horas adicionales que entregaba a otros proyectos no me llenaban. Me sentía agotada y, sobre todo, frustrada. No sentía recompensa. Sentía castigo. 

¿Trabajar siete horas más todos los días para pagar deudas? Qué puta ira.

Casi un año después, alguien que conoce a alguien que me conoce a mí, llamó. 

Estaban buscando una mujer para gestar a su segundo bebé y querían saber si conocían a alguien. Yo parecía ser una opción.

Saqué mi Excel, eché números y descubrí que, en tan solo un día, podría pagar TODAS mis deudas.

Y cuando esa persona intentó contactarme, me paralicé. No pude contestar.

Porque de repente entendí algo que los números no podían explicarme. Yo misma había escrito un blog que se llama “No te embaraces” y yo misma estaba considerando convertirme en el medio para que otro niño o niña llegara al mundo, cuando al mismo tiempo pienso que crear seres humanos es una responsabilidad gigante.

Yo misma he escrito que la crianza empieza en la gestación. Les he dicho a mujeres que todavía no saben si quieren ser mamás que no lo sean si no están convencidas. Y yo misma me he cuestionado  sobre mi propia crianza y sobre todos esos factores que, incluso siendo mamá, no puedo controlar.

Un embarazo no son nueve meses y ya. Es una transformación física, hormonal, emocional y psicológica enorme. Es gestar, alimentar, sostener y compartir el propio cuerpo con otra vida.

Y entonces aparecieron preguntas que nunca había pensado desde ese lugar: ¿Qué iba a pasar conmigo cuando el bebé saliera de mí? ¿Cómo iba a reaccionar mi cuerpo? ¿Cómo iba a vivir yo la separación? ¿Tendría que amamantarlo? ¿Qué sentiría después?

No tengo respuestas universales para esas preguntas. Y tampoco creo que todas las mujeres tengan que hacerse las mismas.

Hay mujeres que desean profundamente ser madres y encuentran en el embarazo una experiencia maravillosa. Hay mujeres que deciden no serlo y encuentran en esa decisión una forma profundamente consciente de vivir. Hay mujeres que no pueden gestar. Hay personas que necesitan de otra mujer para poder convertirse en madres o padres. Hay familias heterosexuales, homosexuales, monoparentales y familias construidas de muchas otras maneras.

Mi reflexión no pretende decir cuál de esas familias es más válida. Tampoco cuestiona la capacidad de ninguna persona para amar, cuidar o construir una familia. Habla de mí y de mi cuerpo. De lo que yo descubrí que significa para mí gestar.

Porque cuando empecé a hacerme todas esas preguntas, también empecé a responderme otras enormes preguntas de mi vida.

Incluso entendí por qué, después de ser mamá, aprendí a amar más mi cuerpo. Eso no quiere decir que no me equivoque. Soy imperfecta, como todos aquí. Hay días en los que también me miro y pienso: “¿qué pasó aquí?”. Pero sí hay algo que hoy tengo mucho más claro: En mi cuerpo hay un templo.

Y creo que en el cuerpo de cada persona debería existir un territorio de dignidad que nadie pueda reducir simplemente a su utilidad.

Para mí, además, el cuerpo femenino tiene una dimensión profundamente sagrada. No porque todas las mujeres debamos ser madres. No porque nuestro único propósito sea reproducirnos y mucho menos porque una mujer que no quiere tener hijos esté incompleta. 

Todo lo contrario. Precisamente porque tenemos la capacidad biológica de gestar, me parece que deberíamos hablar mucho más seriamente de lo que significa hacerlo.

La recuperación del embarazo y del parto no termina cuando salimos de la clínica ni cuando pasan unas cuantas semanas. El posparto puede implicar una recuperación física y emocional prolongada, y requiere atención, apoyo y dignidad.

Y esto me lleva a algo que puede sonar terrible, (pero que, después de vivirlo, no puedo dejar de pensar). Hemos naturalizado demasiado el parto.

Jamás, en toda mi vida, me había sentido tan expuesta y vulnerable como el día que nació Emilio.

Montones de agujas pegadas a mi cuerpo. Manos entrando cada cierto tiempo. Personas observando, tocando, apretando. Un dolor incontrolable y, al mismo tiempo, inexplicable.

Hemos naturalizado parir como si fuera una línea de producción, o pagar fortunas para poder vivirlo con la dignidad, intimidad y paz que dos seres humanos que se separan después de compartir un mismo cuerpo durante nueve meses merecen.

Después viene una semana completa sintiéndote hinchada. La lactancia, que para muchas mujeres puede ser dolorosa y difícil mientras aprendemos a hacerlo. El cansancio. La vulnerabilidad. La sensación de que, de repente, tu cuerpo dejó de pertenecerte del todo.

Y entonces me pregunté: ¿Cómo hicimos para convertir algo tan monumental en un procedimiento casi industrial?

No digo que el parto deba dejar de ser médico. Todo lo contrario. Digo que debería ser médico y humano. Casi como un ritual sagrado. Porque el nacimiento de un bebé también es el nacimiento de una madre y ambos merecen cuidado.

Por eso, cuando apareció la posibilidad de utilizar mi capacidad de gestar para pagar mis deudas, algo dentro de mí dijo que no.

No porque crea que otra mujer que decide hacerlo esté mal, no porque crea que una familia que recurre a la gestación subrogada sea menos familia y tampoco porque crea que una mujer deba justificarle a nadie qué hace con su cuerpo. Simplemente descubrí que yo no podía hacerlo.

Llamé a quien conoce a alguien que me conoce a mí y le dije que no. Que no podía hacerlo. Porque mi vida, mis proyectos y mi cuerpo no me lo permitían.

Hoy estoy más convencida que antes de que traer una criatura al mundo no debería ser algo que simplemente damos por sentado porque “es el ciclo natural de la vida”. Debería ser una decisión consciente, planificada, responsable y deseada.

Y admiro profundamente a quienes deciden no tener hijos, porque detrás de una decisión que muchas veces parece ir contra el supuesto “orden natural” puede existir una enorme conciencia sobre la responsabilidad que implica traer una vida al mundo.

Esto también me hizo resignificar el concepto del hombre proveedor y, sobre todo, el concepto de pareja como equipo. Yo sí creo en la complementariedad dentro de una pareja.

Y hablo desde mi experiencia y desde mi manera de entender las relaciones heterosexuales: me gusta la idea de que un hombre pueda proteger y sostener, mientras una mujer pueda impulsar, crear, cuidar y construir.

Y ojo. Porque también he visto parejas de hombres y parejas de mujeres complementarse de maneras hermosas. Personas que aprenden a turnarse para cuidar, proveer, sostener, impulsar y proteger.

Al final, se trata de que alguien cuide a quien ama. Y de que nadie tenga que dejar de ser quien es para poder construir una familia.

Porque durante años nos hemos encargado de convertir el cuerpo en una vitrina. Que se vea bien, que funcione bien, que sea deseable, que nos acepten por él.

Incluso en el modelaje, las mejores pasarelas eran las que tenían las mejores piernas, la mejor cintura, la mejor cara, el cuerpo correcto.

Pero mi forma de mirar el cuerpo también cambió. Y la verdd es que mis pasarelas favoritas están en las mujeres trans. ¡Son verdaderas divas!

No desde la mirada sexualizada con la que tantas veces hemos aprendido a mirar el cuerpo femenino. Sino desde el arte, desde la construcción de una identidad, desde la capacidad de tomar un cuerpo, una narrativa y una sociedad que muchas veces intenta decirte quién deberías ser, y convertir todo eso en expresión. Como las drag queens que llevan el cuerpo, la estética y los códigos de género al escenario para cuestionarlos, exagerarlos, transformarlos y convertirlos en arte.

Para mí, ahí hay algo profundamente poderoso. Porque quizá el cuerpo no debería ser una vitrina, una máquina de reproducción, o una mercancía.

El cuerpo es territorio.

Y cada persona debería poder decidir qué significa ese territorio para ella. 

Para mí, después de todo lo que viví, significó entender que mi capacidad de gestar tiene un valor que no puedo medir únicamente en pesos. Y quizás esa sea la verdadera razón por la que me tardé tanto en publicar esto. Porque no escribí sobre gestación subrogada sino sobre cuánto vale mi cuerpo cuando nadie más puede ponerle el precio.

Gracias por leer 💙



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