En Modo Avión con la Sra Crisis

Poner el modo avión después de un terremoto ha sido una de las cosas más difíciles que he hecho en mi vida.

Acababa de pagar mi capuchino en un Juan Valdez del aeropuerto El Dorado. La noche anterior no pude dormir. Creo que a cualquier mamá cabeza de familia, ausentarse de su casa una semana completa, le pesa.

La noche anterior había abrazado a Emilio toda la noche. Le pedía a Dios muchas veces que nos cuidara mientras estábamos separados y que el sábado estuviéramos felices en la piñata que teníamos programada, en la que le prometí que seríamos los primeros en llegar.

Cuando estaba a punto de tomarme el café, la silla de la mesa se movió. Lo primero que hice fue mirar las lámparas. Efectivamente, estaba temblando.

Fue tan fuerte que no era fácil caminar. Las piernas resbalaban, las maletas rodaban solas y, por unos segundos, todo aquello que parecía absolutamente estable dejó de serlo.

Evacuamos el aeropuerto mientras yo rogaba a Dios que cuidara a mi hijo y trataba de comunicarme con la ruta del colegio.

Llamé a mis papás. Mi preocupación era irme a recoger a Emi al colegio y regresar a la casa, pero mi papá y mi mamá coincidieron en que debía volar, que todo estaría bien y que el viaje que había programado era importante.

Mis amigas escribieron. Se quedaron con los números de mi familia y me aseguraron que cuidarían de mi mamá y de Emilio, pero que todo estaría bien. Les amo.

El caos cesó. Volví al aeropuerto, pedí un nuevo café y abordé con el corazón en la mano.

Cuando el avión despegó, miraba a Bogotá desde el aire. Agradecía que fuera una ciudad fuerte, con edificios construidos para resistir precisamente aquello que acabábamos de vivir. Traté de buscar el colegio de Emi desde el aire y después solo pude voltear la cabeza hacia el frente y rezar.

Lloré todo el vuelo. Rogué que cuando aterrizara no encontrara noticias difíciles.

Esos treinta minutos de desconexión completa, en medio de turbulencias no solo en el cielo sino también en mi cabeza, me hicieron pensar en la importancia de los profesionales. En quienes construyen edificios fuertes. En quienes diseñan pistas capaces de sostener aviones a toda velocidad incluso después de que la tierra se sacude. En quienes cuidan la vida y sostienen a las personas cuando el planeta insiste en sacudirlas.

Pensé también en quienes cuidan el planeta y nos recuerdan que nosotros deberíamos aprender a cuidarlo con ellos, pero sobre todo, pensé en las redes de apoyo.

En mis papás, mis hermanos, mis amigas y amigos. En todas esas personas que, incluso desde lejos estaban sosteniéndome. Una estructura no se mide solamente por lo fuerte que es cuando todo está tranquilo, también se mide por lo que pasa cuando llega el movimiento.

En el avión solo me repetía: "El viernes lo veo. El sábado vamos a la piñata. El viernes lo veo. El sábado vamos a la piñata." Era mi mantra para intentar calmar el corazón.

Como mamá, soltar a mi hijo ha sido una de las cosas más difíciles de mi vida. Aun así, le he enseñado a ser independiente, fuerte y astuto. Porque tengo clarísimo que fuera de casa los niños también aprenden.

Mi tesis habla precisamente de cómo las marcas y la industria también les enseñan desde una pantalla, pero la vida también educa, las personas educan, los amigos educan, los viajes educan, las crisis educan y a veces, incluso los terremotos educan. 

Al llegar a Medellín me encontré con las noticias de los territorios afectados. Escribí a mis primas y al ex culito que estaban en esas ciudades, esperando que todo estuviera bien. Mientras tanto, yo me iba encontrando con mis compañeros de trabajo.

Y pensé: ¿Cómo tiene el mundo la capacidad de no detenerse cuando el mundo de otros sí se detiene?

Qué tan efímera puede ser la vida lo tengo tatuado desde el 31 de mayo de 2024, cuando la vida que creía tener se vino al piso.

En cuestión de segundos se desmoronaron planes, certezas y sueños que yo creía construidos para durar. Ese fue mi propio terremoto.

Mientras millones de personas vivían el suyo en Colombia, yo recordaba lo que se siente cuando el suelo deja de sentirse firme. Hace dos años y medio yo también quería detenerme. Sentía que el corazón se desgarraba de mi cuerpo. Tirada en el suelo, con una piscina en la cara, solo le pedía a Dios que me quitara ese dolor lleno de rabia y decepción conmigo misma, porque yo sabía que estaba en un terreno inestable. Sabía incluso que era tóxico, pero me aferraba. Hasta que Dios decidió derrumbarlo y dejarme salir y después de la caída tuve que aprender algo que, en medio del dolor, parecía imposible: la vida no se detiene porque nosotros estemos rotos.

El mundo sigue, el café sigue sirviéndose, los aviones siguen despegando, las personas siguen trabajando, los niños siguen yendo al colegio, alguien se ríe mientras otro llora, alguien celebra mientras otro está intentando sobrevivir. Al principio parece cruel, después entiendes que no es crueldad. Es la vida.

Y precisamente porque el mundo no se detiene es la razón por la que necesitamos redes de apoyo. Porque cuando tú no puedes caminar, alguien tiene que ayudarte a dar el siguiente paso, cuando tú no puedes pensar, alguien puede pensar por ti, cuando tú no puedes sostenerte, alguien puede prestarte su hombro. Eso hicieron mis papás, mis hermanos y mis amigas conmigo. Me sostuvieron mientras yo atravesaba mi tormenta.

Durante mis procesos de terapia decido tomar una clase de gestión de crisis, empecé a entender que quizá las crisis no son únicamente acontecimientos que debemos sobrevivir, sino más bien que cada crisis nos obliga a mirar lo que antes no queríamos mirar, a tomar decisiones que veníamos aplazando y muchas veces, a construir una versión de nuestra vida que no habríamos construido de otra manera.

Esta semana, en el Inbound Summit, escuché a Edwin Carcaño hablar de las cuatro estaciones y no pude evitar unir su reflexión con aquella clase de crisis y con todo lo que está viviendo Colombia. Porque siento que tienen razón, la vida es cíclica.

Comenzamos en primavera. La primavera es el nacimiento de algo nuevo, esa posibilidad o esa pequeña señal de que, después de un periodo difícil todavía hay algo capaz de crecer. No todo está florecido todavía pero hay semillas.

Después llega el verano, todo aquello que empezó a crecer se expande. Recuperamos fuerza, volvemos a hacer planes, nos sentimos capaces, construimos, amamos, trabajamos, soñamos. El verano nos hace creer que podemos quedarnos ahí para siempre.

Pero todo lo que sube tiene que caer, llega el otoño. Y el otoño nos enseña una de las lecciones más difíciles: soltar no siempre significa perder. Los árboles pierden sus hojas porque necesitan prepararse para sobrevivir al invierno. Hay cosas que la vida nos quita porque ya cumplieron su ciclo. Personas, trabajos, relaciones, versiones de nosotros mismos, planes, certezas y claro que duele. Pero el árbol no fracasa porque pierde sus hojas, solo las suelta porque necesita seguir vivo.

Y entonces llega el invierno. La tormenta, la oscuridad, la incertidumbre, ese momento en el que parece que nada está ocurriendo. Pero debajo de la tierra, la vida sigue trabajando. **El invierno no contradice a la primavera, la prepara.**

Eso aprendí después de mi propio terremoto. Hoy, dos años y medio después, puedo decir que mi invierno terminó y mi primavera está llegando a su fin. He vuelto a florecer de formas que no imaginaba y ahora puedo mirar hacia atrás y entender que aquello que sentí como el final de mi vida era, en realidad el final de una vida que ya no quería.

Hoy nuestro país atraviesa su propio invierno. Cali, Chocó y El Eje Cafetero. Familias que hoy están intentando entender qué pasó, qué perdieron y cómo van a reconstruir. Mientras unos atraviesan la tormenta, otros seguimos de pie y eso también es Colombia. Porque culturalmente también somos quienes preguntamos "¿estás bien?" Somos quienes llaman, abren las puertas, ayudan, reconstruyen, quienes trabajan mientras otros descansan, sostienen. Somos una sociedad que en medio del caos, muchas veces sabe aparecer. Y quizá eso sea una de las cosas más hermosas de estar vivos: entender que no todos tenemos que estar bien al mismo tiempo, porque si todos nos tiramos al suelo con la crisis, nadie se levanta.

Necesitamos que algunos puedan mantenerse de pie no para mirar desde arriba a quien cayó sino para tenderle la mano y eso también es resiliencia.

En esa clase sobre gestión de crisis, escribí un cuento sobre la Sra Crisis, que hoy quiero compartirles. Habla sobre una anciana enigmática que vive en una ciudad sin relojes, donde nadie sabe si va hacia adelante o hacia atrás. La señora Crisis aparece cuando menos la esperamos, a veces llega disfrazada de crisis económica, a veces de crisis política, a veces de crisis cultural, a veces llega a una familia o a un país o a nuestra propia vida.

Los habitantes de aquella ciudad se dividían cada vez que ella aparecía, unos querían quedarse quietos hasta que pasara la tormenta, otros corrían a reconstruir la ciudad a martillazos, los primeros eran los criticones, los segundos, los críticos.

Porque los críticos no veían la crisis únicamente como destrucción, la veían como una oportunidad para preguntarse qué debía cambiar.

Un joven aprendiz llamado Reinhart decidió seguir a la señora Crisis durante siglos para descubrir quién era realmente. Y encontró algo que cambió para siempre la forma en que la ciudad la veía: **la Crisis nunca muere. Solo cambia de ropa.**

Pero siempre llega con una pregunta: ¿Qué vas a hacer ahora que el mundo ya no es como era?

Tal vez esa sea la verdadera función de una crisis. No viene necesariamente a darnos respuestas, viene a obligarnos a hacer preguntas. A decidir, cambiar, construir, soltar, pedir ayuda y sobre todo, a entender que no estamos solos.

Hoy, mientras escribo esto, solo puedo sentirme afortunada. Estoy bien, mi hijo está bien, mis papás están bien, mis amigos están bien, puedo sentarme a tomar un café y escribir estas palabras, puede volver a Bogotá, abrazar a Emilio y ser los primeros en llegar ayer a su piñata. Y sé que no todos tienen hoy esa misma posibilidad, y por eso escribo desde la gratitud.

Porque estar bien mientras otros atraviesan una crisis no debería hacernos indiferentes, debería recordarnos que somos afortunados y que hoy a ti que me lees y a mi, nos corresponde sostener.

Yo aprendí que no siempre podemos elegir el terremoto y que no podemos decidir cuándo termina una relación. No podemos decidir cuándo tiembla la tierra y no podemos decidir qué cosas se rompen.

Pero sí podemos decidir qué hacemos después y qué vamos a reconstruir y cómo.

Podemos convertirnos en red y ser primavera para alguien que todavía está atravesando su invierno.

Porque la crisis puede derribar estructuras pero también puede mostrarnos cuáles eran las estructuras que realmente importaban.

Después de mi propio terremoto entendí que nuestras personas son esas columnas y vigas que sostienen y no te dejan levantarte sola porque hubo gente que se quedó de pie mientras yo no podía hacerlo.

No necesitamos que todos estén bien al mismo tiempo, necesitamos que, cuando algunos caigan, haya suficientes personas de pie para sostenerlos.

Porque si todos nos tiramos al suelo con la crisis, nadie se levanta y porque aunque el invierno parezca eterno, después del invierno siempre vuelve la primavera.

Gracias por leer 💙

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