¿Cuanto cuesta una Uchuva? Respuesta a mi ex de los 16
Hace 9 años empecé entendiendo clientes. Sí, entendiendo clientes. Qué hacen, cómo operan, por qué de esa manera. Primero, necesitaba entenderlos para construir campañas para eventos (BTL). Ahora, porque vendo estrategias de crecimiento.
No contenta con eso, ya les he contado por todas partes que me obsesiona entender el consumo y que escribo un libro sobre eso.
Cuando digo que me obsesiona, es literalmente. No hay una actividad que haga sin pensar en todo lo que hay detrás. Pregunto mucho los "cómo" y, aunque a lo largo de mi carrera he tenido que aprender y desaprender, los "cómo" no se me han quitado.
Merco en Paloquemao. Bueno, bonito y barato. "Campo colombiano", "de la huerta a la tienda"... y así otras cosas que uno se mete en la cabeza, o que alguna campaña le mete a uno en la cabeza.
Entonces, un día cualquiera, mientras mi mamá elegía cebollas, yo le pregunté a la señora del puestico alguna cosa —que ya ni me acuerdo— sobre las uchuvas.
Ella empezó a contarme su vida antes del puestico. Me habló de una época en la que aprendió a escoger uchuva y me contó que le pagaban $800 por kilo. $800 por kilo.
Entonces le pregunté cuál era el promedio que hacía en un día.
—Unos $35.000.
Hoy, un día laboral para un empleado que se gana un salario mínimo en Colombia, con prestaciones de ley y una jornada de 8,5 horas (desde hace 20 días), le deja en el bolsillo alrededor de $91.629 diarios. Y me dirás: "Natalia, ¿esas cuentas alegres de dónde las sacas?". Mor, de tus cesantías, prima, vacaciones, salud y pensión. Cosas que no tienen muchos de los recolectores de uchuva.
Entonces mi pensamiento inmediato fue: ¿cuánto me cuesta a mí ese kilo de uchuvas? Hoy un kilo está entre $4.500 y $8.000. Finalmente, a esos $8.000 hay que restarles los $800 del recolector, la renta del puestico, los servicios, el transporte... toda la cadena.
Y aquí mis ojos empiezan a brillar.
Porque, de repente, ya no estaba pensando en una fruta. Estaba pensando en todo un sistema. En cuánto vale realmente el trabajo de una persona, quién decide ese valor y por qué nosotros solo vemos el precio final.
Cuando tenía 16 años tuve mi primer "amor de la vida". En esa época nuestras conversaciones eran del tipo: "Nos graduamos el próximo año. ¿Qué vas a estudiar?". El man era un filósofo increíble. Para nuestros 16 años ya me ponía a cuestionarme muchas cosas y yo, que soy más bien sapiosexual, eso me encantaba.
Pero teníamos un problema de compatibilidad.
Alguna vez, en una de esas conversaciones, me dijo:
—¿Por qué publicidad? Eso es capitalista.
Dieciséis años. Pensando en capitalismo. Sin haber pasado todavía por la charla de las uchuvas. Y no digo que esté mal. Lo que pasa es que, 15 años después, sigo intentando responderme preguntas sobre el capitalismo desde la forma en que consumimos.
Pensándolo bien, tal vez a ese amorcito le debo mi interés profundo por entendernos desde el consumo. Porque ese día me quedé callada. No supe qué decir. No tenía la respuesta completa y, cuando no la tengo, prefiero no hablar.
Después llegué a la universidad. Él ya no estaba para cuestionarme, pero aparecieron mis profesores. Ellos empezaron a mostrarme qué era el capitalismo, cómo nació, por qué existe, qué cosas ha permitido y también qué desigualdades ha profundizado.
Así que, amorcito, quince años después, por fin creo que tengo una respuesta.
Primero, cuando hablamos de capitalismo, debemos entender que la palabra se ha vuelto tan política que pareciera que solo existen dos opciones: o lo defiendes a muerte o lo culpas de todos los problemas del mundo. Y creo que ninguna de las dos posturas nos ayuda mucho a entenderlo.
Yo me quedé con una definición que me gusta por sencilla: el capitalismo es un sistema socioeconómico en el que los medios de producción y el capital son, principalmente, de propiedad privada. Es decir, son las personas y las empresas las que producen, invierten, venden y buscan generar valor a través del mercado.
Entre sus características está la competencia. Y esa fue una idea que tardé años en entender. En mi cabeza —y tal vez en la de muchos—, no tener competencia parecía el escenario perfecto para cualquier empresa. Pero, cuando empecé a trabajar de cerca con negocios, entendí que la competencia también obliga a innovar, a diferenciarse, a mejorar productos, servicios y experiencias. Sin competencia, ese impulso puede desaparecer.
Otra característica es que las empresas privadas generan buena parte del empleo y contribuyen al crecimiento de la economía. Esa es, probablemente, la parte que más me gusta del capitalismo y la que más conversaciones me ha hecho tener con mis amigos que tienen más afinidad con sistemas socialistas.
Entre nuestros debates, el porqué siempre es la desigualdad, pero la verdad es que la desigualdad no nació con el capitalismo. Ya existía mucho antes. Reyes, emperadores, terratenientes, esclavos, siervos... la historia está llena de ejemplos. Lo que hizo el capitalismo fue cambiar las reglas del juego: creó nuevas formas de generar riqueza, impulsó la innovación y el crecimiento económico, pero también abrió nuevas discusiones sobre cómo se distribuye esa riqueza y quién termina beneficiándose más de ella.
Para mí, la respuesta siempre ha estado en cómo consumes todos los días, pero conocemos muy poco de lo que consumimos. Miramos el precio y, si me voy más profundo, miramos qué significa esa compra en nuestra vida, pero casi nunca, por no decir nunca, miramos la historia detrás de ese producto o servicio.
Y aquí es donde toca ponerse serios. La señora del puestico se gana $800 por kilo, no porque exista el capitalismo, sino porque nadie reguló bien esa cadena. Ni el Estado le garantizó nada, ni el mercado le pagó justo. El sistema no es el villano. La ausencia de reglas claras, sí.
Existen muchos factores para que esos $800 vengan con las garantías que una persona necesita para tener una vida digna. Pero para mí, y para ti, amorcito, que venimos de una región donde la apuesta por un partido político define tu estabilidad laboral por cuatro años, y con 13 años de trabajo en empresa privada, definitivamente le apuesto a la empresa privada. Porque es organizada, porque define propósitos para sus recursos, porque genera empleo estable, porque te permite decidir sobre tu vida (y esta idea la encontrarás más desarrollada en mi libro).
Mi mensaje no es que el Estado sea malo por naturaleza. Para mí, debería cumplir con un papel de ente regulador. Cuando falla el control, la plata se pierde igual, sea pública o privada. La diferencia es que la empresa privada tiene un incentivo natural para no dejarla perder: si la pierde, cierra. El Estado, cuando la pierde, sigue funcionando con tus impuestos al año siguiente.
Además, hay algo más que termina de responder a: ¿Por qué publicidad si es capitalista?
Porque, aunque la publicidad y el marketing definen mucho y tienen una responsabilidad enorme en cómo consumimos, finalmente quien decide eres tú. Qué tanto te dejas persuadir, qué tanto dejas que los insights emocionales de los que se pega una campaña decidan por ti.
Hay una cosa que no me gusta del capitalismo: los recursos naturales que se ven amenazados por la acumulación de basura. Pero la responsabilidad es más humana. Y me vuelven a brillar los ojos cuando la empresa privada capitalista se crea para cuidar el planeta. Más Compost Menos Basura, Club Ocean, Sajú. Donde un Estado no pudo llegar para recolectar plástico y materiales renovables, llegó una empresa privada para rescatarnos, generar empleo, crear sistemas que permiten que no nos ahoguemos en la basura que nuestro consumo ha generado. Y esa empresa privada solo podrá ser conocida a través de un canal: la publicidad.
Por eso, amorcito filósofo, quince años después, esa es mi respuesta: hice publicidad porque entendí que el problema nunca fue vender. Hoy encontré cómo combinar tus preocupaciones con las mías, cuestionar a la humanidad sin obligarla a no consumir, solo haciéndola consciente de su poder frente a una marca. No te estoy pidiendo que dejes de consumir. Te estoy pidiendo que consumas despierto.
Gracias por leer 💙
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