El peso de descansar
Descansé mucho el fin de semana, al punto de que apenas hoy cumplo con este blog.
Acabo de salir de sesión con mi psicólogo, donde le conté sobre esta sensación de incomodidad que me genera haber pagado Amazon Prime y quedarme dos días completos tirada en la cama viendo series.
En la mañana tuvimos la reunión inicial de tráfico en el trabajo. Siempre hablamos sobre nuestro fin de semana, y mi cuento fue corto: No hice ni mierda.
La conversación pasó rápido a los demás, pero la verdad es que sí hice mucho.
Compartí con mi familia, cambiamos las gafas de Emi por unas nuevas, fuimos a comer con los abuelos, jugamos parqués, gané, y nos reímos tanto que las carcajadas se escuchaban desde el cuarto piso hasta la portería del edificio.
Pedimos pizza. Nos bañamos a las cinco de la tarde, tanto el domingo como el lunes. Nos volvimos a poner la pijama y vimos películas.
Emilio me propuso que, cuando tenga once años, nos vayamos a Japón. Y tuve tanto tiempo para pensar, que me alcanzó para hacer un nuevo vision board desde 2026 hasta 2028, y alargué un poquito la tirita hasta los 11 de Emi, estando juntos en Japón.
Vi un reel en Instagram sobre nuevos emprendimientos y a uno de ellos les ofrecí una asesoría gratis, porque decían que iban a quebrar. Hacen mesas y accesorios para el hogar, DIVINOS, con plástico reciclable. No es un negocio que deba morir.
Y luego de hablar con mi psicólogo, me doy cuenta de que definitivamente tengo problemas con el descanso.
No me gustan los puentes, saco pocas vacaciones, soy, literalmente, una workaholic titulada.
Y entonces es cuando aparece la pregunta: ¿por qué descansar me hace sentir culpa?
Porque químicamente necesito la dopamina de la recompensa al trabajo duro y, psicológicamente, durante muchos años el trabajo me ha salvado la vida, literalmente, así que se convirtió en mi mejor recompensa.
Tanto que hoy el descanso no está en mi lista de tareas, y dos días en pijama viendo películas con Emilio pueden sentirse menos valiosos que dos horas respondiendo correos. Aunque, objetivamente, hayan sido infinitamente más importantes.
Emilio ya recuerda mucho a su mamá ocupada. Sabe incluso cuándo puede interrumpir y cuándo no.
Desde que tiene memoria, me ve sentada en el escritorio.
Cuando era apenas un recién nacido de cuatro meses, empezamos el entrenamiento de "mamá trabaja y tú juegas junto a mamá". Lo lacté hasta que cumplió tres años, así que para él es normal que la cámara esté encendida y mi cara se vea mientras él está en la misma reunión, sin aparecer en pantalla, abrazado a mí.
Tenemos una pared de arte en casa. Literalmente una pared que rayaba mientras yo atendía mis reuniones.
Desde que Emi existe, solo paré de trabajar mis cuatro meses de licencia. Porque incluso estando embarazada, tomé aviones, planeé webinars, monté estrategias, visité amigas, y el 6 de diciembre cerré el computador a las seis de la tarde, molesta porque el man nada que nacía.
Lo volví a abrir hasta algo de abril. Ya ni me acuerdo el día.
Desde entonces, hemos sido mi computador, Emilio de mi mano y yo contra el mundo, contra mi separación, contra mis retos profesionales más profundos. De pecho a mi carrera, a mi primera vez como profe y ahora, con este proyecto hermoso de mi libro y mi blog.
Mi trabajo ha estado ahí, frente al cañón, sin soltarme, o sin yo soltarlo a él. Y logré que combinara perfectamente con mi dinámica de mamá (hoy con mis papás como mi red de apoyo principal).
Así que es apenas obvio que descansar para mí sea un sacrilegio, porque el trabajo no ha sido solo trabajo.
Ha sido independencia, comida en la nevera, pagar la renta, ha sido demostrarme que sí podía sola.
Ha sido identidad cuando sentía que perdía otras versiones de mí, ha sido el lugar donde recuperé la confianza después de una separación, ha sido la prueba de que podía ser buena mamá sin dejar de ser profesional, ha sido refugio.
Creo que ahí está la trampa, pues cuando algo te salva la vida, es muy difícil dejar de verlo como una herramienta de supervivencia, incluso cuando ya no estás sobreviviendo.
El cerebro aprende rápido, y el mio aprendió que trabajar es seguridad, que producir es controlar y adelantarse es evitar el desastre. Entonces descansar deja de ser descanso y empieza a sentirse una vulnerabilidad como si por bajar la guardia un momento todo pudiera desmoronarse.
Pero este fin de semana no se cayó el mundo, ni perdí mi carrera porque me pusiera la pijama a las cinco de la tarde, tampoco dejé de ser inteligente porque me acostara a ver series y tampoco menos disciplinada por comer comida rápida dos noches seguidas.
En cambio, gané una partida de parqués, escuché a Emilio contarme que quiere ir a Japón conmigo cuando tenga once años, me reí con mi familia hasta que las carcajadas atravesaron cuatro pisos y tuve tiempo para imaginar el futuro.
Quizás el descanso no es lo contrario al compromiso, sino la evidencia de que ya no estoy solamente sobreviviendo y sí el comienzo de una nueva etapa en la que puedo empezar a construir una vida que no tenga que ser defendida todos los días a punta de esfuerzo.
Una vida donde Emilio recuerde a una mamá trabajadora, sí, pero también a una mamá que tenía reuniones y paredes llenas de dibujos y a su vez cerraba el computador y se ponía la pijama para ver películas, comer pizza y preparar los planes absurdos de viajar a Japón dentro de siete años.
Hoy sigo siendo una workaholic titulada.
Pero quizá crecer ya no consiste en aprender a trabajar más sino en aprender a descansar sin pedir perdón por ello. Porque después de tantos años salvándome la vida, tal vez mi trabajo merece dejar de ser un salvavidas y convertirse simplemente en lo que siempre debió ser: Una parte importante de mi vida.
Y si esta mañana dije que no hice ni mierda, tal vez ahora elegiría contar cada detalle de la partida de parqués y mi experticia robando cielitos que tantas risas nos sacó, y que Emilio quiere llevarme a Japón cuando tenga once años.
Creo que esa diferencia es exactamente la que todavía estoy aprendiendo a sentir y hacer.
Comentarios