Hoy voté y terminé cuestionando cómo funciona el mundo

Mapa de participación de votantes en colombia hecho con chatGPT, datos aproximados

Hoy es día de elecciones en Colombia.

Y yo, que no puedo quedarme en la superficie de nada, arranqué la mañana con una pregunta que parecía simple: ¿Cuántos votos necesita un candidato para ganar en esta primera vuelta?

La respuesta técnica: más del 50% de los votos válidos. Con más de 41 millones de colombianos habilitados para votar, eso significa superar los 20 millones de votos. Casi nunca pasa. No pasó.

Pero esa no fue la parte que me tuvo pensando toda la mañana. La parte que me tuvo pensando fue otra.

¿Por qué votamos como votamos? ¿Por qué un país crece o no crece? ¿Por qué la educación no es tan priorizada en algunos discursos?

Entonces encontré que una carretera se inaugura, tiene cinta, tiene foto, tiene discurso, pero ¿cómo le sacas una foto a más pensamiento crítico? ¿Cómo fotografías menos corrupción dentro de quince años? ¿Cómo fotografías una mejor cultura financiera en los hijos de quienes hoy están metiendo un tarjetón en una urna? No puedes.

Y ese es uno de los mayores desafíos políticos de la educación: sus resultados aparecen cuando el gobernante que los sembró lleva diez años fuera del cargo.

Nadie espera tanto para reclamar el mérito. y por eso casi nadie siembra en serio.

Entonces me hice una pregunta más: ¿Qué estamos viviendo hoy que fue sembrado hace 25 años?

No por Petro, no por Duque, ni siquiera por Uribe. Quizás por Pastrana o Samper. Más importante aún, quizás por profesores que nunca salieron en televisión, quizás por padres que insistieron en que sus hijos estudiaran aunque no alcanzara para los libros. Esto no es solamente una intuición romántica, es una idea que economistas, sociólogos y politólogos llevan décadas estudiando.

Daron Acemoglu y James Robinson, ganadores del Nobel de Economía en 2024, dedicaron años a entender por qué algunos países prosperan mientras otros se estancan. Su conclusión fue poderosa: La calidad de las instituciones importa.

Y aquí viene algo importante, porque cuando digo "instituciones" no me refiero a edificios. Una institución es una regla estable que organiza el comportamiento humano, un contrato que vale, un juez que no se vende, un sistema educativo que premia el mérito, unas elecciones cuyo resultado se respeta.

Son las reglas del juego.

Cuando esas reglas permiten que muchas personas participen, emprendan, trabajen y progresen, las sociedades tienden a crecer. Cuando están diseñadas para beneficiar a unos pocos, las sociedades terminan estancándose.

Así de simple y así de brutal.

Pero esa conclusión me llevó a otra pregunta: ¿Por qué algunas sociedades construyen mejores instituciones que otras?

Ahí encontré a Robert Putnam. Durante décadas estudió distintas regiones de Italia. Tenían las mismas leyes, el mismo gobierno central, recursos similares. Y aun así algunas funcionaban muchísimo mejor que otras.

La diferencia no era el dinero. Era la confianza.

Las regiones más exitosas tenían más cooperación, más participación ciudadana y más disposición a trabajar juntas. A eso él lo llamó capital social.

Y mientras lo leía me di cuenta de que no estaba leyendo sobre Italia. Estaba leyendo sobre cualquier comunidad humana. Una ciudad, una empresa, un equipo, una familia.

Trabajo ayudando a empresas a crecer. Conectamos tecnología, procesos y personas para que las organizaciones sean más productivas. Cuando una empresa automatiza tareas repetitivas, sus equipos pueden dedicar más tiempo a lo que realmente genera valor.

Y mientras pensaba en las elecciones y lo conectaba con lo que hago, interioricé entonces que los países funcionan mucho más parecido a las empresas de lo que imaginaba.

La riqueza no aparece solam, es el resultado de millones de personas creando valor todos los días. Pero para que eso ocurra se necesita educación, se necesitan instituciones, se necesita confianza y, sobre todo, se necesita una cultura que valore todo lo anterior.

Hace casi un año tuve una conversación que empezó hablando de la crisis inmobiliaria y terminó en quién regula la economía. La conclusión fue que todo funcionaba como un efecto dominó. Una ficha toca a otra que toca a otra, que toca a otra.

Hoy llegué exactamente al mismo lugar por otro camino:

Cultura → Educación → Instituciones → Confianza → Inversión → Empleo → Prosperidad → Protección social → Cultura.

No es una línea recta, es un círculo, un sistema, ¡es un ecosistema!

Y por eso un gobierno de cuatro años no transforma una sociedad, porque una sociedad no es un proyecto, es una acumulación de decisiones tomadas durante generaciones.

Así que hoy fui a votar. No con la ilusión de que un voto va a resolver todos los problemas del país, pero sí con la conciencia de que es una ficha más dentro de ese dominó.

Porque quizás el problema de nuestra época es que queremos cosechar en cuatro años lo que tarda generaciones en sembrarse.

Todavía nos falta la segunda vuelta. Algunos ya tienen clara su decisión, otros siguen buscando respuestas.

Pero después de toda esta reflexión me queda una pregunta mucho más importante que cualquier encuesta:

¿Qué queremos que sea Colombia cuando nuestros hijos tengan 25 años?

¿Una sociedad donde la educación sea una inversión y no un gasto?

¿Una sociedad donde la confianza valga más que la trampa?

¿Una sociedad donde trabajar, emprender y aportar siga teniendo sentido?

Después de darle muchas vueltas al tema, vuelvo a la misma conclusión.

Los candidatos pasan, los gobiernos cambian, pero la cultura permanece.

Y las sociedades que admiramos hoy son la cosecha de una cultura que alguien decidió sembrar mucho antes de que nosotros llegáramos. 

Nosotros también estamos sembrando algo. En las urnas, en nuestras empresas, en cómo le hablamos a nuestros equipos, en cómo tratamos a quienes piensan distinto y en cómo les enseñamos a nuestros hijos que participar importa, incluso cuando el candidato perfecto no existe.

Porque, al final, la respuesta no es un candidato.

La respuesta es la cultura.



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