Ayer, salí con una amiga que no veía hace poco más de dos años, hablamos de ella, hablamos de mí, hablamos del viaje a la luna, de la genética bovina y, después de 5 horas, cerramos hablando de amor.
Pregunta que ha rondado tanto en mi cabeza en los últimos meses.
En definitiva, creo que hoy lo entiendo. El amor está en todas partes, pero la capacidad de sentirlo no.
El amor es esa conversación que todos terminamos teniendo en un almuerzo que se alarga, como el mío ayer, en una cita al psicólogo, en una oración nocturna porque el corazón duele, en un abrazo, en una mirada. El amor realmente es todo lo que ves y das por hecho.
Esta conversación la tuve muchas veces con alguien que ya no está en mi vida. Mi afán era exponerle lo afortunado que podía ser al tener todo lo que tenía; finalmente, creo que nunca comprendió el mensaje.
Aunque llevo meses tratando de entender el amor, realmente lo entendí hace muchos años.
Cuando un día me levanté por primera vez viviendo fuera de la casa de mi mamá y mi abuela y el desayuno no estaba en la mesa.
Cuando un día, viviendo sola, abrí el cajón de la ropa limpia para ponerme algo y no había nada en él.
Cuando un día, tomándome un tinto en la oficina, me sonaron las tripas y entonces me hice consciente de que llevaba 6 meses desayunando un tinto y que extrañaba el huevo tibio diario que me daba mi abuela a las 10 a. m. y que hoy es mi desayuno favorito.
Un día, abrí la ducha y salió agua caliente; ese día estaba tan consciente de mi presente que recordé 5 años de mi vida en los que tuve agua fría a las 4 a. m. en Bogotá.
Ayer me preguntaba mi amiga: "¿Por qué te costó tanto salir de ahí?" (Ustedes saben de dónde) y la respuesta, sin ninguna duda, fue... "Su familia". ¿Por qué? Porque ellos eran hogar, porque ellos sabían qué presa del pollo prefería, porque ellos sabían que luego del almuerzo me tomo un tinto, porque ellos sabían que no me iba a comer el cocido, entonces separaban mi arroz, porque ellos llamaban diciendo: "Pasé por tal lugar y me acordé de ti", porque ellos compraban medias de orejitas para mí. Porque ellos eran hogar y yo amaba ese hogar.
Luego de vivir 18 años siendo la niña consentida de una casa, pasé a ser la niña que salía de un apartamento solitario a las 5 a. m. y regresaba a las 11 p. m. Hace ya casi dos años solté, por fin, después de 8 años aguantando mucho que no debí aguantar. Y con 2 años y medio de terapia encima, entiendo que mi razón era ese hogar, ese abrazo, esas risas en las charlas de la mesa con toda la familia reunida. No era él, era su fortuna, y su fortuna es su familia.
Mi familia siempre ha sido pequeña: mi mamá, mi abuela y yo... Mi mamá, mi abuela, mi hermana y yo... Mi papá, mi hermano y yo... Mi hijo y yo y toda la fortuna... Mi hijo, mi mamá y yo... ¡Mi hijo, mis papás, mis hermanos y yo!
Y en todo esto, siempre ha existido amor. Muchísimo amor. Al punto que mi pregunta al psicólogo sobre ¿por qué una pareja? me hacía todo el sentido del mundo. Lo tengo todo.
De nuevo tengo la llamada de mi papá en las mañanas, que no tarda más de 30 segundos porque solo nos aseguramos de que ambos estamos bien; el almuerzo caliente en la mesa a la hora exacta todos los días; el abrazo y el beso de mis hermanos; las llamadas de mis amigas para acordar vernos; salidas llenas de risas y amor junto a ellas; un trabajo tan apasionante como estresante.
Entre toda mi completitud me faltaba algo. Sentirme sexy, admirada, vista con unos ojos como si miraran la luna; un abrazo en el que yo pudiera no ser la leona que se sienta ante gerentes a exponer por qué haremos las cosas como las haremos y luego de colgar las llamadas se pone a pagar facturas. Necesitaba ese teléfono a donde llamar cuando solo quería no ser la fuerte, ese abrazo donde estar cuando quería sentirme indefensa.
¿Saben qué pasó? Lo encontré, tal como lo pedí a las 00:00, metida bajo una mesa de comedor. Tenía todo excepto lo más importante: decisión... La razón tiene peso de fuerza y no profundizaré en este detalle. Pero sí en lo que ha rondado por mi cabeza en estas semanas de tusa.
Todo parte desde por qué sentir y permitirnos sentir, si no estamos listos para decidir. Eso aún no me lo respondo, tal vez necesito otras ochocientas disociaciones o insomnios para comprenderlo. O terminar de escribir este post.
Pero lo que sí me respondí ya es que, como humanos, somos animales sintientes; no somos racionales aprendiendo a sentir… somos seres que sienten intentando, a veces torpemente, razonar lo que les pasa.
También entendí que existen tipos de animales sintientes: algunos simplemente sienten y viven; entre sus consecuencias, a veces tienen suerte, a veces se llevan a otros por delante, a veces terminan eligiendo lo que no les hace felices. Otros ponen la razón antes de la emoción, entonces se impiden soltar los miedos, sentir, entregarse. A mi parecer, son los más inteligentes. Porque otros, como yo, permitimos vivir la emoción, conectar, enamorarnos hasta los tuétanos y luego preguntar si es posible este suceso. Y esta última fórmula, definitivamente no funciona.
El amor no es escaso. Está en el huevo tibio de las 10 a. m., en una llamada de 30 segundos, en unas medias de orejitas, en un almuerzo servido sin pedirlo. El amor es cotidiano, insistente, casi terco; está en todas partes y es este el amor que todos merecemos y no debemos frenar. Pero el tipo de amor que exige más es escaso y profundamente humano, porque pide la capacidad de sostenerlo, de elegirlo, de quedarnos a pesar de todo.
Y este, a pesar de sentirse, muchas veces simplemente no vibra con lo que queremos, no cumple con lo que buscamos, no está en el momento adecuado. Y esto último es lo más controversial con eso de amar, porque el mundo nos pide sentir y entregarnos, construir el momento, hacerlo perfecto. ¡Decidirlo! Y por eso termina doliendo tanto. Porque sentimos primero… y decidimos después.
Porque nos vinculamos antes de saber si el otro tiene con qué quedarse. Porque, al final, no somos lo que pensamos. Somos lo que nos atraviesa. Somos memoria, cuerpo, ausencia, costumbre, deseo. Somos animales sintientes… Y entonces, no sentir se hace profundamente aburrido, pero sentir se hace profundamente doloroso.
Comentarios