La maternidad no era mi sueño.
No salió como lo esperaba.
Y sí, decir esto genera controversia… pero también es honestidad.
No es una queja. Mi hijo es maravilloso, lo amo y lo disfruto, pero hay cosas que no se dicen en voz alta, y alguien tiene que hacerlo, porque además cuestionan una moralidad incómoda que no necesitamos cargar a esta edad.
Para entender por qué digo esto, tendrás que entender dos cosas sobre mí:
- Hay una herida de esas que nacen en la infancia, que trabajé y sané, pero late desde la memoria.
- Y, por otro lado, está la estratega que planea todo. La que desde los 10 años hacía mapas de sueños y proyectos de vida.
Tal vez por ese punto uno, en ese plan nunca hubo hijos ni esposo, aunque, muy en el fondo… siempre supe que sí los quería.
Hoy le echo la culpa a que, como no lo planeé, la vida no pidió permiso. Mi hijo llegó en medio de una separación. Y aunque creció en amor y en paz, también creció con una mamá sola resolviendo todo, incluso lo que no sabía cómo resolver. Salí golpeada de ese proceso, al punto de pesar que nunca volvería a tener otro hijo.
Hoy tengo un niño de 4 años preguntándome por qué todo. Y yo… todavía intentando entender el porqué del mundo.
Siempre he pensado que la vida debería ser al revés, como Benjamin Button. Nacer sabios, con todo claro… y luego ir soltando. Porque aprender a vivir mientras estás viviendo es un desafío demasiado exigente.
Hace poco le pregunté a mi psicólogo: ¿para qué existen las parejas? Su respuesta fue simple: supervivencia. La vida entre dos es más eficiente, más recursos, más estructura, más equipo, pero además, más dopamina, motivación y alegría.
Y ahí entendí entonces que el amor también tiene una lógica, no es solo emoción. Y entonces aparecen mis tres versiones:
La Natalia enamorada.
La Natalia madre.
La Natalia profesional.
Y el verdadero reto no es ser una de ellas, es sostener las tres sin colapsar.
Con terquedad y siendo lo intensa que soy, he logrado equilibrar dos: ser mamá presente y profesional al mismo tiempo.
No es perfecto. Soy la más despistada del chat de papás, se me pasan fechas, tareas, contratos… pero siempre aparece una versión mía que resuelve y, al final, sigo siendo su persona favorita y su lugar seguro. Y eso… vale todo.
Ahora, la pregunta incómoda: ¿dónde cabe el amor aquí?
Hace poco hice de nuevo mi vision board y por primera vez, fui muy clara conmigo. Quiero tres cosas:
- Ser referente en mi industria.
- Ver crecer a mi hijo y acompañarlo en su camino, ir con él a clases extracurriculares mientras sigo atendiendo reuniones de trabajo, seguir siendo la mamá perdida del chat de papás que aun así llega con la tarea hecha, apoyarlo cada vez que algún sueño se esté cruzando por su cabeza, turnarme con los papás de sus amigos para recogerlos en las chiquitecas, llevarlo a la universidad y luego verlo cumplir los sueños que tenga.
- Casarme.
¿Por qué lo último? No lo sé todavía. Y ahí está el punto.
Antes planeaba todo. Hoy estoy aprendiendo que no todo se planea… algunas cosas primero se entienden.
Porque hay algo que sí tengo claro hoy: la vida necesita amor, estructura y equilibrio. Pero también necesita compañía. Tal vez esa es la lección que, desde la moralidad de las abuelas, tanto intentan explicarnos, pero que nosotras insistimos en no escuchar. Claro, viene acompañada de mil cosas que no nos gustan, pero rebelarnos puede no ser el camino correcto, tal vez solo entender cómo, cuándo y dónde, ya sabiendo el por qué y sobre todo, ya entendiendo el para qué.
Si pudiera decirle algo a mis hermanos, que son más jóvenes, sería esto:
No se apuren a amar.
No se apuren a elegir.
Vivan.
Constrúyanse.
Aprendan a estar solos.
Porque entender el amor… es una conversación que apenas estoy empezando a tener, sobre todo, a entender. Y sí, también sobre esas lecciones de moralidad qué si deberíamos aceptar y aquellas que definitivamente hay que rechazar.