La primera vez que me paré frente a un cliente tenía 24 años. Debía exponerle a los Manager del área de BTL de Claro.
Era una niña que no tenía idea de qué hacía, pero sí sabía lo que quería. Sobre mis hombros cargaba la responsabilidad de presentar el trabajo de un equipo que a veces no confiaba en mí. (Después contaré de eso)
Me temblaban las piernas, me temblaban las manos, me temblaba la voz. No podía respirar. Tenía tantas cosas en la cabeza y no podía olvidar ninguna.
Hoy, seis años después, me vuelven a temblar las piernas, me vuelven a sudar las manos, pero ya no se me corta la voz. Y, sobre todo, no se me olvida nada.
Hoy tengo la confianza, el conocimiento y la certeza de que sé perfectamente lo que estoy haciendo. Me paro frente a los directivos de una de las compañías de alimentos más grandes del país, y les presento, una vez más, el trabajo de un equipo.
Pero este equipo sí confía, este equipo sí cree, este equipo sabe que lo que digo tiene sentido.
Mi cliente escucha, entiende y valora cada palabra, cada propuesta, cada idea que busca transformar el trabajo de miles de personas dentro de su compañía.
Y mientras los miro, recuerdo algo: Mi jefe, el de la niña de 24 años, me dijo: “El día que no sientas miedo, algo estás haciendo mal.” Por años pensé qué significaba eso. Hoy ya lo entiendo mejor.
Los temblores no se van, solo cambian de significado. El miedo no siempre es debilidad; a veces es la señal más honesta de que estás frente a algo importante, algo que te mueve, que te reta, que vale la pena. El miedo, cuando se transforma, se vuelve impulso. Y ese impulso, bien dirigido, es el motor del crecimiento.
Ya no nacen del miedo, sino del honor de saber que crecí, que sigo temblando porque me importa lo que hago, las personas que me acompañan y me dirigen… Y que esta vez, mi miedo viene de la emoción por lo que hago.
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